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Padre e hijo

El sábado pasado, yo y la cámara de fotos buscamos refugio en las gradas del modesto campo de futbol de mi ciudad, para pasar el cuarto de hora entre parte y parte sin que me moje el sofisticado sistema de riego que, no sé porqué, siempre me alcanza, me ponga donde me ponga. Me acomodé al lado de un niñico de apenas siete años y su progenitor, una bonita estampa familiar en una preciosa (y no muy cálida, con ese frío que se te cala en los huesos) tarde otoñal futbolística y fotográfica, como todas las de mi fin de semana.

Durante la media parte, una docena de chicos árabes aprovechan la hierba artificial, que no hace mucho que fue estrenada, y saltan al campo para dar unos toques al balón cual Ronaldinho en el Camp Nou. Percatas que, realmente, algunos de ellos tienen madera de futbolistas, tablas mal aprovechadas de unos chavales que no pueden soñar con lo mismo que los de su misma quinta pero con la suerte de no ser ellos.

En estas, salta el padre que tenía al lado y le comenta a su hijo, “fíjate, ya nos invaden hasta el campo de futbol”. Me lo miro con asco, no podía ser de otra manera. Pero, el niño, en vez de callar y quedarse para siempre con la barbaridad que acababa de salir de la boca de su modelo a seguir, le contesta “ya, papi, a ver si los devuelven a todos a su país con sus cayucos”. Cayuco. Me quedé pasmada. No más de siete años debía de tener el mocoso, y ya quería deshacerse de los muchachos que solamente disfrutaban de cuatro tiros a portería. No quiero ni pensar qué pasara dentro de diez años…

Cinco minutos después, uno de los pequeños beckhams (digo beckham porque hace bastante tiempo que estoy desconectada de la liga de futbol y ya no estoy al día, digamos que mi seguimiento de la actualidad futbolera llega hasta los buenos días de Saviola y Kluivert sentada en el Camp Nou, aunque poco a poco le pillé el gusto a los programas radiofónicos deportivos y ahora a las fotos de básquet y fútbol) le dió con el esférico en la cabeza a uno de sus compatriotas. Padre e hijo murmuraron al unísono: “¡uno menos!”. Indescriptible lo que pude llegar a pensar de ese par.
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1987, Valls (l'Alt Camp). Ara per ara a Barcelona. Potser va ser l'olor del quiosc la que em va estovar les neurones, quan cada diumenge es repetia el ritual d'anar a comprar el diari, i un dia ja bastant llunyà vaig començar a estar segura que, d'alguna manera, la comunicació i les paraules encertades poden canviar el món. El cas és que, més tard o més d'hora, em va agafar la dèria de ser periodista. Tinc 27 anys, sóc llicenciada en Periodisme i màster d'Estudis Avançats en Comunicació per la Universitat Pompeu Fabra. Tinc aquest bloc en algun servidor perdut de vés a saber on.

1 comentari

  1. Desgraciadamente, son muchos todavía los que por nacer en un país se piensan que ya es suyo y que los extranjeros tienen menos derechos en él por el simple hecho de no haber nacido dentro.No es ni la primera ni la segunda vez que escucho a alguien quejándose por la supuesta preferencia de los extranjeros ante las plazas escolares.

    M'agrada

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